martes, 21 de abril de 2020

Los vecinos (II)

Los horrendos cristales tintados no impiden, irónicamente, que pueda escrutar desde mi balcón gran parte de los órdenes y desórdenes, costumbres, ocios y manías de mis extraños vecinos. En el cuarto piso, un hombre muy mayor que se arrastra entre pilas imposibles de objetos ha tendido fuera, para regocijo de mi recreación marítima, una toalla de playa de color azul turquesa. Apenas dos pisos más arriba una mujer morena limpia escrupulosamente las ventanas del salón por segunda vez en tres días consecutivos, dominada por un entusiasmo algo excesivo y ataviada con un idéntico vestido gris, corto y desmangado, que muy seguramente tiene reservado para las labores de desinfección. A una distancia de solo un par o tres de puertas se encuentra una vieja malla de naranjas como último despojo de un balcón perennemente abandonado; mientras que el vecino justo debajo, vestido de calle aunque sea domingo, habla a todas horas por el móvil de espaldas a la ventana. Entre los últimos pisos puedo divisar un salón ocupado casi enteramente por una tienda infantil de tela roja y amarilla, donde sin embargo nunca he visto un niño; y en la esquina izquierda está la única terraza a la que, quizás, me gustaría ir: entre enredaderas y flores primerizas asoman, despreocupadamente, una mesita y una silla de hierro, muy blancas. Allí, en las preciosas horas de la tarde en las que la luz se torna de color de miel, sale a veces, como quien sale a un jardín, un anciano con un libro en la mano.

Estos momentos de descubrimiento vecinal son tan amenos como, a decir verdad, cotillas; y lo único que alivia mis remordimientos de fisgona irredenta es que del mismo modo que yo observo a mis vecinos, tengo la certeza de que ellos me observan a mi. En realidad, el pequeño balcón de mi piso tiene poco de especial, aparte de su inusitada suciedad y la presencia de mi ficus parisino, escuálido y desvencijado, agazapado en una esquina al resguardo del viento zaragozano. Quizás un vecino aburrido mire a través de sus cristales marrones y en estos tiempos de literatura de calcetín y juegos de mesa escriba: “y a menudo aparece una chica en el balcón del sexto, alta y despeinada, se sienta en una silla con una taza y algo de comida y se pasa largo rato mirando nuestro edificio, acompañada por cierto arbusto con apenas cuatro hojas que aporta una dudosa alegría a la estampa. Quién sabe si me ve, y en qué piensa”.

domingo, 22 de marzo de 2020

Los vecinos (I)


El reciente confinamiento me ha proporcionado la excusa y la ocasión para observar, detalladamente, las ventanas del edificio de enfrente. Es un bloque de pisos gigantesco, rotundamente feo, desmesurado tanto en su altura -puedo contar hasta nueve plantas- como en el número de sus habitantes, que se amontonan en pisos estrechos y largos cuyas reducidas dimensiones resultan aún más grotescas contra la enormidad del conjunto. La impresión general que produce, sin embargo, es de una ambición histriónica de lujo: baldosas de color chocolate y plafones de un cobre grisáceo se alternan, geométricamente, con terrazas de aspecto quirúrjico y grandes ventanas tintadas de oscuro. Por alguna razón, alguien pensó que la ostentación de la privacidad, por incierto que este concepto sea, es un valor más preciado que la luz natural.

Este cariz de fastuosidad masificada me produjo, cuando llegué aquí, la misma impresión que una nave de crucero transatlántica. Ahora el confinamiento no hace sino acentuar esa sensación. Observo, continuamente, el corretear de la gente dentro de sus diminutas casas, mirando hacia fuera solos o en pareja, hablando por teléfono contra el cristal o fumando, en una espera que se presiente inquieta, aburrida, incluso estúpida, como de un viajero atrapado en su camarote un día de mala mar. Enrico me leía hace poco un fragmento del dietario de Hesse en el que habla de ese embotamiento del pasaje en medio del océano, de los viajeros sumidos en un ocio sin goce que transcurre como un paréntesis vacío entre puertos, entre los horizontes de tierra donde el tiempo (y la vida) se libera nuevamente con fluidez. Hesse dice:

“Fuera de los momentos de reunión durante la comida o en tertulia vespertina, en todos los rostros se reflejaba una triste indiferencia y apatía, esa expresión de hastío e insensibilidad característica de todas las personas que viajan mucho, amén del agotamiento y nerviosismo que se apodera de los blancos en los trópicos. Todos yacían silenciosos y corteses en las sillas de cubierta, con los pies enfundados en blanco calzado, y vueltos hacia el reeling, los ingleses y americanos con sus mujeres, los comerciantes y geólogos alemanes, las señoras aceitunadas de Manila. Todos yacían callados y formales y nadie se quejaba, pero los rostros se mostraban extrañamente apagados, sólo unos niños portugueses corrían alegres de aquí para allá”.

Desde mi balcón no logro ver las caras de mis vecinos, pero, si tuviera que imaginar su expresión, probablemente se parecería mucho a lo que describe Hesse.

jueves, 12 de marzo de 2020

Ruido y agua

El 21 de enero escribí:

Llueve hoy en Barcelona. Empieza cerca de la medianoche con un repiqueteo suave en el techo de lata de mi habitación, justo antes de acostarme, y aún continúa al despertar. La calle está más caliente y más húmeda de lo normal, y salir es como sumirse en el aliento de un niño enfermo. El repiqueteo me acompaña en el tren a través de las vías y el desierto, hasta Zaragoza, cuya sombra aparece en el horizonte gris y seca, luego brillante y helada.

Puede ser una obviedad, pero en días así uno se da cuenta de que hasta la lluvia posee su distinción geográfica. En el Mediterráneo es tan escasa como los olivos rasposos y el tomillo solariego dejan entrever, pero cuando llega lo hace, a menudo, de forma excesiva y autoritaria. El paisaje resquebrajado repele el agua como a una intrusa, cuya presencia lo rompe, lo agobia y lo pierde. Estos ramalazos lluviosos no suelen ser, a pesar de todo, más que episodios transitorios, y a diferencia de la cortina de agua homogénea y serena que mojaba perennemente el suelo parisino, aquí la lluvia cae en un registro de matices casi musical, a veces pobre a veces violento, pero infinitamente más expresivo que ese ruidillo blanco de las mañanas en París.


jueves, 19 de septiembre de 2019

Un hilillo


Buscaba un recuerdo rojo, un hilillo de seda que acunando una mariposa se había enredado entre las ruedas y el maíz; dentro, dentro de la noche.
Encontró otra puesta de sol más, cargada de cromatismos, compleja y volátil como un pajarillo en celo. La autopista debería haber serpenteado, pero no lo hacía. Se parecía, al fin y al cabo, a todos los atardeceres que había visto -como cada nuevo amante nos evoca, para bien o para mal, cierto abrazo caduco.

domingo, 9 de junio de 2019

Un turista en Azin

Paseaba, muy despacio, bajo la estridente claridad del paseo marítimo. Chorros de luz de un blanco artificial y una frialdad absoluta lo perfilaban todo, proyectando en la arena sombras que de tan cortas resultaban irreales, como las que proyecta un actor subido al escenario. A pesar de la noche y la brisa, y debido a la proximidad del verano, la playa estaba llena de gente. La luna había salido hacía poco rato en el otro extremo de la bahía y flotaba casi imperceptible sobre la ciudad naranja, su anciano cutis emborronado por una humedad invisible y salada. Allí donde terminaba la playa y empezaban las rocas, dentro de los pórticos palaciegos más oscuros, se apelotonaban vagabundos y borrachos, rodeados de charcos de orín.

Dio media vuelta al alcanzar el minúsculo cabo y des de ese palco relativo divisó, en medio del agua negra, una temblorosa bolsita verde claro sobre la cual nadaba un hombre, como volando. Con su linterna de pescador, parecía un pájaro arcaico o un helicóptero de los que buscan en medio del desastre. Unos segundos después, la mancha verde se revolvió nerviosamente y se apagó.

Una memoria voluble y cierto exceso de frivolidad lo llevarían a recordar su paseo como un cuadro inmóvil, tocado por un claro de luna inexistente y acompañado por el consiguiente piano, romántico ma non troppo. El humo, los gritos y las pegajosas bocanadas de aire aceitoso que salían de los bares desaparecerían de su pequeño cerebro gris como engullidas por un monstruo marino. Qué decir de la insoportable luz de quirófano. De certero, apenas quedaría el monólogo de las olas y la hermosa forma de C de la bahía. El resto: una postal arrugada en los pantalones de algún turista.

sábado, 9 de marzo de 2019

Tres cosas de Madrid



Contar tiene algo de pueril, y a su vez, de ceremonioso. Si tengo suerte, en este texto ganará, de mucho, lo primero a lo segundo. Uno, dos, tres!; uno, dos, tres! Un desinflado vals vienés. Uno, dos, tres; uno, dos, tres. Qué modo de clasificar tan extraño proporcionan los números.

1. Delante de la Almudena, en esa calle que costosamente remonta la colinita, se encuentra un triángulo de hierba agudo y rampante, en medio de cuya dificultad se abre un cedro del Líbano. Aunque probablemente fue el primero de los muchos que encontré en Madrid, recuerdo de forma especial esa ocasión debido a la tierna majestuosidad del árbol: de un lado, su desmesurada altura aumentada por la geografía de las calles; de otro, el descubrimiento casi perpendicular, íntimo, de su entresijo de hojas, que dejaba pasar indulgentemente un rescoldo de luz rocosa: como una mantilla de punta, como una negra melena rizada.
De los jardines de Sabatini, siempre en el Madrid de los Austria, retengo una segunda imagen. Visitamos el lugar al mediodía, cuando el sol limpiaba cierto matiz mohoso de los verdes y dotaba al jardín, de lo contrario insoportablemente rococó, de una agradable aspereza mediterránea. Aquí y allá, entre la neurosis de las formas geométricas, se desparramaba una magnolia o arrancaba un pino. Entramos en los jardines por una escalera elevada, de tal forma que des de esa altura los cedros se vislumbraban sin esfuerzo, horizontalmente. Su presencia me produjo inmediatamente un sosiego cercano, cierta ficción de reconocimiento mutuo. Veo aún su silueta de centinela, la de un hombre esperando en medio de un campo agreste. En realidad, no era sino un árbol siendo árbol, rodeado de masas de hierba humanizadas.

2. Aún estábamos entumecidos por las horas pasadas en el tren cuando visitamos la plaza Mayor. Ese cuadradito rojo, de atmósfera nórdica y ciertos detalles de imperialismo cuqui, huele en la época navideña intensamente a sopa. Al aproximarnos por una de las callejuelas laterales ya arrugaba yo la nariz por el olor a col y a panceta hervidos. Debajo de los arcos de la plaza, los vapores de las cocinas mezclados con el aire helado producían la impresión de hallarse en una pretérita ciudad de provincias, cuyos restaurantes serían aún sitios de hospitalidad que se preocupaban, si bien respondiendo a una especie de amor propio, del frío y el cansancio del pasante. Más allá de lo pintoresco, el olor resultaba, en realidad, algo desagradable; y uno debía luchar continuamente contra la incómoda sensación de haber entrado, por error, en el patio interior de una casa ajena.
Había otro efecto colateral de esta profusión de restaurantes de antes. Abundaban, especialmente a primera hora de la tarde, los grupúsculos de señoras ya mayores: sus manos y antebrazos enfundados en un tablero de ajedrez de cuero, joyas y pelo; recubiertas de finos polvillos y perfumes acidulados. Eran, a pesar de su petulancia, francamente alegres, y resultaba divertido mirar sus cabecitas rubias, blancas y rojas acercarse y alejarse alternadamente para cuchichear u observar a alguien.

3. En mi cuadernillo de tapas de papel de puro, la linea que encabeza la última nota dice “El cielo de Madrid”. Ahora, des de la distancia, me parece un tema manoseado, indefinido: azúcar y agua. Escribí que es un cielo recogido, estrecho, de postín, un fondo de decorado teatral pintado de un color exacto y químico. Al releerlo lo encuentro una exageración. No atino a decidirme, sin embargo, por ningún otro argumento. Pienso en el Prado y los cuadros negros de Goya, que pintó para oscurecer las paredes de su propia casa. Ese no es el Madrid que yo he conocido, aunque ciertamente también existió, hasta podría ser que existiera más que el de hoy. En una sala contigua estaba el “Jardín de las delicias”, con su locura inacabable y bien iluminada. Había esferas de un azul expansivo de mediodía; dos rostros se asomaban del interior de una granada sanguínea, rosada como son rosados los atardeceres fríos y limpios de enero. Cientos de figuras vivas habitaban el retablo, borrando hasta la nadería el verde espacio. Así debía ser también el cielo que yo vi en Madrid: empequeñecido por las riadas de gente, hogareño, y en su uniforme cromatismo, indiferente.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Tu nombre es un perfume que se derrama (y III)

Se hace tarde y debemos continuar el viaje hacia París, así que, una vez apurado el café, nos desperezamos y nos alzamos. El monje-marinero de barba roja, que hacía rato que había desaparecido, acude después de que Jean-Pierre le llame con un aparatillo que en este entorno resulta cómico y ligeramente ridículo: un walky-talkie pequeñito pero moderno, que cada monje lleva colgado discretamente en su cinturón.

Al salir fuera, descubrimos que el día se ha entristecido: la luz está empolvada de una arenilla de hueso y el cielo ha adquirido un aspecto mórbido, bajo, de atardecer opaco. Antes de subir al coche, damos un breve paseo por los alrededores del monasterio. Aunque Jean-Pierre camina muy erguido, mantiene el mismo tono de voz que en el interior de su casa, de forma que gran parte de sus frases son engullidas por el chismorreo de las hojas peleando en los árboles o aplastándose bajo nuestros pies. En uno de estos falsos silencios vuelvo a pensar en el Cantar de los Cantares. Intuyo que difícilmente podré llegar a convencerme algún día de haber descubierto la verdadera intención del gesto de Jean-Pierre. Dejando de lado las justificaciones de índole morboso, demasiado simples para poseer realmente peso alguno, las dos interpretaciones que me parecen más persuasivas resultan ser antagónicas. De un lado, esa Biblia abierta en el Cantar podría explicarse como una muestra de flexibilidad y tolerancia respecto a la sensualidad, un diminuto elemento discordante en la habitación cuadrada, destinado a suavizar la enorme impresión de rigor que transmiten tanto el mismo Jean-Pierre como su casa de eremita. Asimismo, podría ser exactamente lo contrario: una exhibición de auténtico ascetismo, la sutil prueba de que un hombre puede leer explícitamente sobre el deseo, la juventud y el amor físico des de la más alejada de las soledades y no encontrar en esas palabras más que otra expresión de su devoción por Dios, y, quizá, cierta belleza descarnada.

A medida que nos acercamos al coche, el grupo se recompone y comienzan a escucharse las preguntas formales que suelen preceder las despedidas entre conocidos noveles. Las palabras de adiós de Jean-Pierre son a su vez tiernas y distantes, barnizadas de la agridulce necesidad con la que se separan a veces los hijos de sus padres. El monje-marinero nos saluda enérgicamente y con una afectividad sincera, tal y como como nos había recibido. Su humor apenas ha sufrido alteración alguna durante nuestra visita y me preguntó como un hombre como él logra sobrevivir aquí, entre muros de yeso y de montaña, escuchando continuamente los murmullos devotos y el vocear de las águilas, viviendo la inocente vida de un niño...

Jean-Pierre se despide una última vez a través de la ventana del coche y veo su cabecita blanca que se gira y paulatinamente se encoge, tornándose a cada paso más marrón hasta que parece hundirse completamente en los pliegues de su túnica. Un instante después el coche se arroja sin esfuerzo por el camino que se retuerce pendiente abajo y enseguida nos arropan unas sombras de un verde acuoso. Le cuento a Enrico lo que he visto en la habitación cuadrada y empiezo a buscar en Internet el Cantar de los Cantares, para poder leerlo, ahora, al resguardo de la mirada azul hielo de Jean-Pierre.

Cuando la carretera ya nos ha devuelto a las mansas amplitudes del valle, donde el día parece menos cansado, encuentro al fin el poema. Sin saber si son símbolo o casualidad, leo en voz alta algunos versos:

¡Que me bese ardientemente con su boca!
Porque tus amores son más deliciosos que el vino;
sí, el aroma de tus perfumes es exquisito,
tu nombre es un perfume que se derrama:
por eso las jóvenes se enamoran de ti.


La carretera sigue y leemos algunos pedazos más, al azar. El retorno al valle nos ha descubierto en el horizonte unas ventanas de cielo claro, apuntando al malva, que anuncian cierto viento nocturno. Mi excitación, poco a poco, se deshace, y presiento que no habrá nada más. El vidrioso vapor que cubre los campos se recrudece. En las montañas, ahora ya distantes, empiezan a encenderse algunas luciérnagas de gas.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Tu nombre es un perfume que se derrama (II)


En la mesa nos aguardan una multitud de dulces cuidadosamente dispuestos, con una gracia sencilla que no llega a ser, sin embargo, espontánea. A decir verdad, toda la habitación está en perfecto orden, como si cada cosa hubiera sido colocada obedeciendo un diseño preestablecido, algo que la cantidad limitada de muebles y objetos contribuye amablemente a disimular. En un casto esfuerzo por evitar mirar una enésima vez más la apetecible montaña de galletitas, decido fijarme en el solemne ejemplar de la Biblia que yace a mi lado, abierto con impudicia sobre un macizo atril de madera. Es una edición voluptuosa, de hojas largas como un chiquillo de tres años y márgenes espaciosos para descansar los ojos, como una avenida ancha que permitiera pasear despacio. Leo, en la página que oblicuamente se nos ofrece, un título antiguo, pronunciado hace mucho tiempo, que resuena en mi cabeza entre los vapores perfumados del pasado: Cantar de los cantares.

Quisiera decírselo, al instante, a Enrico, pero tengo que callarme y obligar a mis ojos a apartarse, no ya de los tentadores dulces, sino del traslúcido rostro de Jean-Pierre, que continua sentado, rígido pero reposado, con las blancas manos cruzadas sobre su regazo hueco. El Cantar de los cantares lo leí por primera vez en mi adolescencia temprana, bajo la tutela de un profesor de lengua que aligeraba su carácter algo estúpido y su indisimulada fascinación por las alumnas, especialmente aquellas de aspecto infantil y aún sin granar, con arrebatos clarividentes en los cuáles nos hacía leer textos clásicos o impartía breves cursos sobre la historia del cine, que para mi suponían, como no podría ser de otra forma a esa edad, una especie de revelación. Recuerdo bien esa lectura sobre flores y pieles, en la estrecha aula de aire abigarrado y luz arenosa, y mi incredulidad ante la belleza de un libro que, como una idiota, había prejuzgado como gris y sin brisa.

La conversación prosigue alrededor de la mesita de café y Jean-Pierre despliega un humor irónico y sutil, un poco demasiado amargo para su cuerpecillo de anémico, tan gaseoso. Explica, aceptando nuestra curiosidad por su vida cotidiana como algo natural, que la rutina en el monasterio es pausada y aislada; exceptuando los domingos, que es el día de la comunidad y en el que, si la meteorología lo permite, recorren, en grupo, algún sendero agreste. Sus frágiles manos dibujan a veces arcos suaves, de una precisión severa. Inevitablemente, la malicia se ha apoderado de mi juicio sobre Jean-Pierre des de que he descubierto el objeto de su lectura, y me siento poseedora de un secreto oscuro y juguetón, que me cosquillea por dentro. Esta malicia no es, sin embargo, puramente mezquina: en un lugar tan concienzudamente ordenado como la habitación donde nos hallamos, esa Biblia abierta en el Cantar de los cantares es indudablemente un gesto intencionado, singular, casi provocativo.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Tu nombre es un perfume que se derrama (I)

El monasterio se halla en medio de una claridad que aparece de un tropiezo, en una planicie escueta y accidentada, como un descuido en el dedo que trazaba el camino. El verde que nos recibe desprende una luminosidad ácida pero a su vez madura, ensombrecida por la premonición temprana, aunque certera, de las nieves invernales. Más allá, la carretera prosigue y vuelve a adentrarse, ajena a nosotros, en la humedad femenina del bosque, donde las hojas, arropadas por los grandes árboles, conservan aún la inocente ternura de la primera primavera. Un hombre alto y joven viene a nuestro encuentro, mostrando sus pesados dientes de buey entre el rojo de una barba crespa, vestido con una túnica parduzca que alcanza cubrirle los pies. Su rostro posee cierta fuerza impersonal y simpática, que si bien podrían hacer de él, perfectamente, un lobo de ciudad o un marinero, en este contexto lo convierten en un monje algo inusual. La misma mezcla entre elementos arcaicos y modernos coexiste incomódamente en el paisaje que nos rodea. Así, poco después de visitar el anciano convento para mujeres cuyas gigantescas puertas lucen el negro de los siglos, nos topamos con un fuerte olor a cemento mojado y un desordenado amasijo de ladrillos, sacos y utensilios olvidados. Se trata de una ambiciosa ampliación del convento masculino, en cuya construcción el monje-marinero ocupa el tiempo que, de otro modo y sin el beneplácito de cierto mentor suspicaz y generoso, pertenecería irremediablemente a la languidez de las plegarias.

Jean-Pierre -así es como se llama el monje que hemos venido a ver- acude a darnos la bienvenida justamente aquí, entre las paredes a medio hacer, con su cuerpecillo de cabra y su dulce cara que, despojada de los signos de la edad, sería la de un niño enfermo. Lleva las mejillas y la cabeza pulcramente afeitadas con una precisión casi coqueta, en cuya comparación la barba roja del otro monje adquiere un aire brutal, insensible. Tiempo después tendré que recordar ese detalle como una expresión de disciplina pero, también, de un deseo explícito de aferrarse al mundo de los hombres, de no desprenderse jamás, enteramente, de la mirada de los otros. A pesar de eso, la figura de Jean-Pierre logra encajar, en mi mente, con el prototipo de un anacoreta: su voz que se extingue, su mirada esquiva y a su vez punzante, sus ojos de un azul puro.

Nos dirigimos todos juntos a su casa, cuadrada y recogida, cuyo interior huele intensamente a yeso fresco. Los muebles son silenciosos y de perfil austero, tan solo una inspección atenta descubre un trabajo sutil de madera maciza. En efecto, nada en este lugar logra llamar, a primera vista, la atención: se respira un bienestar geométrico, una suavidad de colores neutros, incluso las tres ventanas ofrecen el insospechado sosiego del tamaño justo, ni demasiado grande ni demasiado pequeño. Nos asomamos, antes de tomarnos el café, a la que vigila sigilosamente el estanque: se escucha un correr invisible de agua y un árbol centenario oculta casi enteramente el cielo de media tarde. Jean-Pierre me explica que los hombres no tienen tareas manuales obligatorias y, como ejemplo, me señala con su blanca mano dos retazos indiscretos de jardín: uno repleto de rosales, el otro de maleza.

sábado, 18 de agosto de 2018

Minúsculo y negro

Me viene a visitar de noche, ya recostada en la cama, la imagen de dos hombres sentados bajo el porche de madera de una taberna cuyo tembloroso techo resiste enzarzado de glicina, a pocos pasos del agua de un puerto. Alrededor de los dos hombres flota, como flota a veces un pez muerto en la superficie del mar, un aire granado por el sudor y el tabaco, picante y áspero, que produce una asfixia incansable: el olor de un Dios angustiado y trasnochado.
 Puedo ver, claramente, los cabellos de un rubio quemado sobre la piel rojiza, oxidada, de su brazo arbóreo; las rallas de la camisa pegajosas y olvidadas; los agujeros en la boca que centellean como adornos de obsidiana. Las nucas que apestan a sal se giran ante el caminar de una adolescente, cuyo pelo oscuro viene cubierto con un pañuelo rosado, vaporoso y extraño como la piel de un niño. La tabernera lo observa todo des de la medio penumbra, gordísima e impasible, con unos ojos que apenas logran abrirse paso entre los duros pómulos, llenos de hiel y de grasa. 
La imagen me usa, como a un trapo, para limpiarse, y una vez definida comienza poco a poco a extinguirse, ligera y agotada, hasta casi entregarme de nuevo al insomnio. Tan solo el olor absorbente del tabaco sudado persiste, frío y obsesivo, mientras mi mente vuelve una y otra vez sobre el círculo del cenicero donde una colilla se rompe y la mano aproxima un cigarrillo corto, cual un dedo minúsculo y negro...



viernes, 22 de julio de 2016

Sueño de un paseo de verano



No podía dejar de recordar, entre sueños, ese momento en que la playa recibe los últimos rastros de claridad pura, antes del crepúsculo. Es cuando el mar se ve convertido en una enorme cola de pez que uno sabe que se acerca la noche y el día nos está ofreciendo su cálido beso postrero. El agua, harta de sol, devuelve los rayos de luz como una escama tornasolada y sólo la brisa logra arrugar, como arruga la edad la piel que fue eternamente joven, la superficie de sus mil espejos verdosos.
Detrás, la tierra ciñe con su abrazo calmoso la bahía, y el sol que, demorado, aún la alcanza, la cubre para mis ojos de un algodón rosado y ardiente. Parece, junto la exactitud cristalina del agua, la promesa brumosa de los amores de la noche, de los olores que empiezan a abrirse y a arrojarse, ciegamente, al océano. 
Los pájaros, cansados y mojados, vuelan en círculos cada vez más cercanos a la costa, buscando peces escondidos bajo el velo de oblicuidad. Y cuando finalmente uno se desanima, va y se posa, mojado y orgulloso, sobre ese barco que ya duerme, con su áncora enganchada en las profundidades de mi sueño...

miércoles, 25 de mayo de 2016

Todo agua

Justo ahora, tan cerca de la estación seca, se ha vuelto todo agua. Hasta las piedras, ajenas al mundo, quieren ondularse bajo el efecto del calor mientras el camino, como una raya olvidada de mar, parte en dos los tintes rojos y verdes que cubren las curvas de tierra. El campo está repleto de pequeños bancos de olores que viajan silbando, con formas de pez: se esconden tímidamente en la oscuridad rocosa de los árboles para luego escaparse, fríos y brillantes, al acercarme yo o al romper el viento... Entonces imagino por un momento a Jiménez y su burro, mitad sueño mitad niño, caminando por aquí...

Es agua todo y las hojas, doblado su peso bajo el bochorno de luz, parece que gotean perlitas de aceite. Una vez más pienso que, si hay un tiempo justo para morir de viejo, tiene que ser este: en brazos del pino y la higuera, del romero y la lavanda, del jazmín. Morir, como sólo se puede vivir verdaderamente: en la estación del mar y de la infancia, cuando la luz se derrama con tanta benevolencia que logra endulzar el frescor de las sombras.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Persona



Hablaba y hablaba. Hablaba abundantemente, como no podía ser de otra forma, sobre los rostros:
“La expresión facial, en Bergman, no supone una manifestación de la angustia sufrida por el personaje sino una revelación especular de la que experimenta el inocente espectador. Inocente? Sí, por supuesto, tremendamente. La exposición incesante a una cara desconocida es un ataque y como tal no puede más que provocar inquietud y repugnancia, puesto que cualquier exhibicionismo, aunque bello, pretende en el fondo molestar al público y arrancarle de su pasmosa comodidad. Penosa, perdón, penosa comodidad.”
Era exactamente así? Lo supongo. En cualquier caso, al ser repetida ahora rostros parece una palabra más gentil, más hermosa. En el aleteo de la lengua que acompaña su pronunciación se observa el vuelo típico de la mariposa; su fonética abstrusa la empareja, accidentalmente, con rastro y todo lo que éste término conlleva de espectral e imperfecto. 
Pero si nos fijamos, por ejemplo, en las escenas de fondo indistinguible, las facciones se destacan con una inmutabilidad que no pertenece al cine, ni siquiera a la fotografía. Los cuerpos, delimitados por la extensión de su propia sombra, son los de la escultura griega clásica. Esto explica cierto hieratismo en el movimiento, la textura especial de la carne cuando recibe la luz que devuelve, en la gran pantalla, con la pureza de un material precioso e incorruptible. Únicamente del mármol puede proceder la fría sensualidad de unos rostros que nos miran sin que nuestra sedienta mirada logre tocarles nunca.”
Visto así, el que escucha está condenado a una idéntica crueldad. Lo dicho nos alcanza sin que llegue a pertenecernos plenamente... como una flecha errada que nos hiriera sin acertar a matarnos. Hablaba, hablaba. Un puñal despuntado, una bala perdida.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Desterrazados



La terraza se halla definitivamente clausurada. Los decrépitos aires de diciembre son ahora su último visitante, lejos queda el tiempo en el que su delicada extensión nos ofrecía sin pudor el aromático jardín musulmán junto al fresco retal de la campiña inglesa. El sol y la lectura también han abandonado sus dominios, y una vez exiliada la calurosa desnudez veraniega son ahora las glicinas las únicas que muestran sus hombros tostados a unos vecinos apenas enardecidos. Incluso el mirlo, que imperdonablemente acudía a excavar las tiernas profundidades del hibiscus rojo, parece habernos olvidado. En su lugar proliferan las prímulas de piedra y el insípido marrón enarbola orgulloso su bandera. El clima nos ha desterrado a un invernadero cuya flor más duradera es la del desencanto. Debimos de pecar terriblemente para ser expulsados de nuevo del paraíso.

sábado, 6 de diciembre de 2014

El yonqui de la angustia (II)


Hola, hola. Cómo va? Ha tenido una buena semana? Bien, bien, me alegro. Eso siempre ayuda. Un café? De acuerdo, entiendo. Pues empecemos. Si ha reflexionado sobre lo que le dije hace unos días habrá notado que me delatan ciertas ambigüedades, me equivoco? Los psicólogos y los terapeutas, cuando peroramos, tendemos ha asemejarnos a los curas. Los sermones parecen un debate sobre el cielo y el infierno, la cuestión de la enfermedad una disputa entre el bien y el mal. Pero usted sabrá bien que no es tan sencillo... La angustia, por sí sola, no tiene porqué ser maligna. El problema surge cuando se convierte en un sustitutivo. Supongo que por eso está aquí, verdad? La ha convertido en el puente a los sentimientos, en el inevitable sucedáneo de la pasión. Cualquier impresión, por pequeña que sea, tiene que verse envuelta en un clima de aflicción para que la interprete como real. No se obsesione, ya le dije que esto es más habitual de lo que parece... Tampoco es fácil reclamar una continua jovialidad. De hecho, no pretendo llegar a ese extremo: además de inalcanzable, resultaría estéril. Lo que debe entender es que el sentir, incluso el más intenso, no necesita de la fatalidad. El drama y la náusea no son consustanciales al éxtasis. Ese es un engaño al que, de un modo u otro, nos ha sometido la literatura. Dice que no lee demasiado? Bueno, eso no importa, ciertos modelos se extienden más allá de lo pensable... El caso es que una actitud así a menudo conduce a eludir las frustraciones del afecto tangible mediante la fantasía de un impedimento suprapersonal. Pero esa no es más que una nefasta muestra de impotencia emocional... La satisfacción puede darse sin sombras de disgusto, el orgasmo auténtico prescinde del vómito. No pretendo aparentar elocuencia: tuve un paciente al que eyacular le producía arcadas. Es un caso conocido en el gremio, no vaya a pensar que voy en contra del secreto profesional... Pero como le iba diciendo, la consumación del éxito en su persona estaba tan íntimamente ligado a la tragedia que no lograba entregarse al goce sin presentir un devastador amago de penalidad. No sonría, es terminantemente cierto. Pero bueno, por hoy ya es suficiente, esta debe ser la única consulta en que el médico divaga más que el paciente... No se apure, que todo llegará. Pero antes de permitirle expresarse, debe aprender a respirar. Olvídese momentáneamente de todo lo que le dicho, y antes de tragarse el aire mastíquelo como si se tratara de carne. Muy bien, así me gusta. Y ahora: inspire.

domingo, 23 de noviembre de 2014

El yonqui de la angustia (I)



Usted, según parece, es un adicto a la angustia. No se apure, por favor, ya sabrá que hay muchos más de su clase pululando por ahí, más de los que las encuestas sobre trastornos mentales acostumbran a dejar entrever. No me cree? Compruébelo usted mismo. Pues en el fondo: qué tendrán que ver los grandilocuentes números de las estadísticas con que yo me muerda las uñas o usted sufra una desconexión con la realidad? Entiéndame, sé que el suyo es un problema grave, pero uno ve tantos casos que al final del día acaba por desvariar... Qué le estaba diciendo? Ah sí, sí... El amor a la angustia, la droga más dura. Las adicciones mentales, después de todo, son siempre las peores. Dudo que este vaya a ser un proceso fácil, tendrá que armarse de paciencia y empezar por comprender que la sublimación de la propia existencia, si acaso es alcanzable, nunca nos llega por el camino de la mortificación. Está de acuerdo? Sí, sí, claro, como no va a estarlo... Ninguno de mis pacientes ha negado conocer esta gran verdad. Responda entonces: es posible que la proximidad al abismo le provoque un vértigo especial? No es en los ataques de congoja y sufrimiento cuando la ternura y la compasión adquieren el brillo de lo sobrenatural? Por supuesto... Quién no se ha sentido en alguna ocasión feliz de estar triste? Hace tiempo que estoy convencida de que se manifiesta en los estados de ansiedad una perversión diabólica de las percepciones: la crudeza de lo empírico es sustituido por el entusiasmo de lo intelectual. Pero supongo que este apunte, donde nos encontramos ahora, es demasiado oscuro como para que adquiera total profundidad... No se trata de falta de perspicacia, sino del hecho de que en un asunto como el suyo existen varios pasos previos que se deben trabajar. Disculpe, disculpe mi palabrería. Pero si ha intuido lo que pretendía decir, entenderá que para curar su mente previamente es necesario reparar lo carnal, la raíz primitiva... Veo que asiente, muchas horas de terapia lleva usted ya... Soldar los ensamblajes nerviosos desde las puntas de los dedos a la boca del diafragma, desatar de nuevo los apetitos que el tiempo haya enterrado bajo la apariencia de la mediocridad. Porque el hartazgo, el miedo y el pesar también producen placer, sabe? Pero su fuente, que emana de lo cerebral, fluye envenenada... Retornar al tiempo, eso es lo que tenemos que lograr. Cuando nos adentramos en el vivir las bascas producidas por la fugacidad desaparecen, porque para experimentar el paso del tiempo es imprescindible alejarse de él. Por supuesto que en pequeñas dosis ninguna angustia puede resultar letal. Pero en su persona, lamentablemente, hemos llegado demasiado lejos... Vaya, se ha hecho tarde... Ahora tengo que pedirle que se marche. Piénselo detenidamente, seguiremos hablando de ello.

jueves, 20 de noviembre de 2014

La luz y Josep Pla


Malva, rosa, violeta, añil, lila, morado; el aire es tan transparente de Port de la Selva a Cadaqués que cuando hay humedad los colores parecen emborronados. Al caer la tarde un resplandor recorre de un grito toda la costa catalana: la repentina claridad crepuscular es tan apetecible y tan nueva como un beso en la boca. Una luz que es un fantasma, o mejor, un espíritu: aparece en una línea, permanece un momento junto a nosotros, es reabsorbida en la negrura de la imprenta. Un personaje más que tiembla, crece y se arrastra, fuma hasta inmolarse y viene a morir en brasas rojizas a orillas de un párrafo que es inmenso y azul, salado.
La encantadora luz de Pla me mece entre sus aromas antes de dormir. La sosegada, añorada luz. En la espesa noche hace de vigía de mis sueños. Lo hace, como sólo podría hacerlo la luz de la infancia.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La polilla


Algo la retiene. Cada pocos segundos sucede: gira sobre ella misma y retuerce sus primorosas patitas al aire, angustiosas hebras de cobre cortando el satinado polvo que flota sobre la mesita de noche. Logra reponerse y da de nuevo unos pasos, hasta que patéticamente recae y retoma su posición de lucha: de una incomodidad cercana, de un familiar dramatismo.
En el fondo la diminuta escena carece de la más mínima trascendencia, no me voy a engañar. Resultaría francamente pueril hablar de insectos si no fuera por Kafka. Nunca me ha acabado de agradar del todo su persona, ni de hecho tampoco su texto. Pero el mío es una rechazo envidioso, o mejor dicho, una aversión fruto del respeto. Seguramente la mayor proeza de un escritor sea la de persuadir al mundo de que sus lamentables miserias son verdaderamente tristes, y sobretodo, sumamente importantes. En ese sentido, no le falta a la tragedia kafkiana ni una pizca de convencimiento.
Así que ahora gracias a sus esfuerzos por humanizar lo degradado o degradar lo humano puedo compadecerme tranquilamente de una polilla, sin tener por eso que soportar abigarrados reproches. Sí, papá, sé que te reirás a carcajada limpia cuando leas esto. Pero hoy en día se encuentran justificaciones para todo... Para orugas y mariposas me reservo a Nabokov, contra el sacrificio de hormigas coloradas esgrimiré a García Márquez. Mi más que antropomórfica proyección sobre lo insignificante queda perdonada, la autoconcesión por fin comprendida. También la propia realidad, al fin y al cabo, experimenta cierto alivio al ser literaturizada.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Terapia



  • Has vuelto a soñar con él?
  • En realidad sí, aunque no he descubierto nada nuevo de nuestra relación, ningún retorcimiento que la vigilia no me hubiera mostrado antes que el sueño. Pero hay algo que me preocupa más que eso, que me obsesiona hasta el punto de asfixiarme en una angustia líquida de dimensiones oceánicas.
  • Sin metáforas, por favor.
  • Entonces tendrás que permitirme despotricar, si es que esa es una autodefensa menos tóxica. Sí, sí, lo es, lo es... Pero lo que pretendo decirte no entiende de sutilezas, sabes? Mi padre era un auténtico infanticida, el psicópata religioso, un verdadero cabrón. Hasta ahí todo está bien. Supongo que en mayor o menor medida individuos así los hay en todas partes. Lo que es totalmente incomprensible es la reacción de mis semejantes. Qué clase de dementes misántropos adoran a un Dios que pide a un hombre que mate a su hijo? Y el muy sarcástico me perdona la vida en el último segundo. Menudo cretino.
  • Así que ahora tu odio va dirigido hacia Dios.
  • No, mi odio se lo merece la humanidad. Su propia misantropía es contagiosa. Mis vecinos me desprecian por rechazar a mi padre, comprendes? Él, que a duras apenas dudó en llevarme en burro hacia la colina de Moria y atarme con tirantes cuerdas sobre la leña... Dos veces tuvo el ángel que llamar al maldito chalado para que se detuviera. No oyes la carcajada de Dios? Se está descojonando a nuestra costa, todo el tiempo... La broma cósmica es en realidad un grotesco monólogo divino. Por eso me dejó con vida, para que el resto de ella recordara el frío del ara contra mi mejilla y sufriera el martirio de la soledad.
  • Esto es nuevo... vamos avanzando. De qué clase de soledad hablas?
  • Ellos desean adentrarse en la fe junto a mi padre: su abominable acto, en vez de desanimarles, los envalentona. Mientras tanto, yo adolezco de una lucidez cuya carga es la incomprensión. Lo ves? Dios me conserva como testigo de un chiste del que sólo él se puede reír, y yo permaneceré aislado mientras escuche sus accesos de hilaridad.
  • Sigue pareciendo que proyectas tu frustración hacia a Dios.
  • Tal vez sea cierto, estoy algo cansado... Pero no, no, no es así, me debo estar explicando con poca claridad. La penosa actitud de Dios, a pesar de todo, es inherente a su magnanimidad. El castigo y la misericordia sólo pueden expresarse simultáneamente a través de la contradicción, y la contradicción puesta en escena equivale a una parodia. La exigencia inicial y la posterior recapitulación manifiestan el sinsentido necesario de cualquier narración, pero mis iguales, por lo que parece, son incapaces de advertirlo. Sé que mi juicio peca de soberbia... Pero Él me disculpará o sino mandará alguien a matarme de nuevo. La cuestión es que el perdón de Dios no podría darse sin su previa condena. En cambio, para los miserables humanos el tema es mucho más sencillo. La condena o el perdón son en este caso elecciones libres. La comedia, si se le puede llamar así, deja paso al humor. Y sin embargo, han preferido aceptar el crimen de mi padre y con ello, legitimar mi destino, puedes creerlo?
  • Puedo creerlo todo. Y ahora, Isaac, tengo que atender a la próxima visita. La siguiente semana hablaremos más de ello.
  • El que ríe, eso significa mi nombre. Un último detalle macabro que añadir a esta elocuente tortura... Sí, sí, lo comprendo, gracias... Es Caín? De acuerdo, me marcho, ya me estoy yendo. Gracias de nuevo, pagaré a la salida.

sábado, 1 de noviembre de 2014

El extraño retorno (II)


La repetición de las estaciones es tan desquiciante como humana. Su inmutable acontecer profiere a la existencia un ritmo cercano a la sexualidad, la sensible temporalidad que es negada a las naturalezas frígidas. Pero el secreto de su goce no yace en la fugacidad, ni en el incesante empeño por atrapar lo transitorio. No se trata de mera avaricia, sino del pecado original: la manzana del saber, y con ella, el infinito placer de anticiparse a lo conocido. Por eso recibo cada estación envenenada por las caricias del reencuentro y la reconciliación. Las hojas amarillearán antes de caerse, vendrá el mismo viento. Después, la azulada nieve.

Otoño. La sonoridad es su mejor fotografía, su desnudo más sucio. La ñ de retoño y añoranza, de niñez y año. Como podríamos separarlas? No están ellas contenidas también en su nombre, no le pertenecen y le son propias y ondean juntas bajo el ardid de un mago que manipula hilos negros? La niña que añora el otoño. Otoño. La o es de humo y de música jazz. La t lo palatal del beso, la dulce percusión indispensable. Curioso que también la contenga tiempo, y tardío. Y tarada. Sí, claro, tarada: acaso puede el manejo de las viscosas relaciones entre palabras serle a una indiferente? Con razón Nabokov recurre a ello para escribir sobre el incesto. El insoportable, el bueno, el insoportablemente bueno Nabokov.
Así que ahora estoy parafraseando al parafraseador innato. El otoño es una frase: en el sentido más verbal del término, pero también en lo referente al motivo, a la traducción y sobretodo a la paráfrasis, tan necesaria y a la vez tan horrenda como para querer hablar de ella todo el tiempo.

Parafraseo, pues, una última o una primera vez. Sobre la degradación de la luz, sobre como su pobreza y su enfermedad rescatan los rojos ahumados y prohíben el rabioso verde, y devuelven al jazmín la suavidad de su blanco, próximo al marfil, y permiten la abundancia, la riqueza y el matiz apagando los brillos. Sobre la irrevocable tenebrosidad de las madrugadas y la nostalgia del anochecer, cuando los perfumes del verano aún nos arropan y no embriagan hasta confundirnos. Sobre la dolorosa cadencia y decadencia del calor: su dorado goteo, los últimos latidos que se escapan como peces, silbando, aleteando la cola entre las aguas de lluvia que ahogan los tilos...
Parafraseo, pues todo retorno es extraño a él mismo aunque no nos sea extraño a los demás.